Por: Alejandro González Raga.
Cuando Manfred Nowak, Relator Especial contra la Tortura solicitó en marzo información alternativa a un grupo de cubanos que visitó Ginebra, sobre las prisiones, nombres de presos de posibles víctimas y hasta planos de las prisiones con la precisión de los lugares donde pudiera estarse practicando algún tipo de trato inhumano, los que conocemos el talante del régimen cubano supimos en ese instante que ese viaje no se realizaría.
La petición de Nowak se envió a Cuba a través de llamadas telefónicas y correos electrónicos con urgencia, para entonces Nowak esperaba la confirmación de la fecha del viaje, todavía no habían rodado las cabezas de Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, quien había hecho pública la invitación del gobierno cubano. Es evidente que el régimen se enteró de las intenciones del Relator. Para los órganos de la seguridad del estado leer un Email o pinchar un teléfono es algo de todos los días, están programados para eso, no hay que pedir permisos en un país sin derecho.
Aunque el Ministerio del Interior que en su desempeño funciona mas como un Misterio del Interior, está intentando crear una nueva imagen dentro de las prisiones, remodelando las susceptibles a posibles visitas. En caso de que ocurra alguna vez, según palabras del Relator no se seguiría un programa preestablecido por las autoridades cubanas lo que obliga a una remodelación general de todo el sistema penitenciario algo realmente imposible dadas las actuales circunstancias.
Lo cierto es que el problema no está solo en los tabiques, las rejas o en las manos de lechada para las paredes, lo embarazoso del asunto radica en el elevado índice de suicidios dentro de estos establecimientos (permitidme el eufemismo) en los centenares de reclusos que se auto agreden y a los que no podrán ya devolverles sus apéndices mutilados, ni maquillarles las heridas. Ese es el testigo inevitable, imposible de escamotear que puede hallarse a ambos lados de los muros.
Pero hay otras acepciones de tortura y victimas en todas las orillas, para cada uno de los conceptos que se definen en la convención, para constatarlo no es necesario que Manfred Nowak viaje a Cuba, algo que deseamos. En muchos lugares de Europa hay presencia de un exilio que ronda ya los tres millones de personas, en su mayoría con diferencias sustanciales con el totalitarismo cubano, personas que viven con la angustia de no poder expresarse aún fuera de su país porque sus opiniones pueden ser utilizadas en su contra a la hora de solicitar un permiso para visitar su patria. Esta es la génesis de todo el drama existencial del cubano: La falta de derechos.
Cuando Manfred Nowak, Relator Especial contra la Tortura solicitó en marzo información alternativa a un grupo de cubanos que visitó Ginebra, sobre las prisiones, nombres de presos de posibles víctimas y hasta planos de las prisiones con la precisión de los lugares donde pudiera estarse practicando algún tipo de trato inhumano, los que conocemos el talante del régimen cubano supimos en ese instante que ese viaje no se realizaría.
La petición de Nowak se envió a Cuba a través de llamadas telefónicas y correos electrónicos con urgencia, para entonces Nowak esperaba la confirmación de la fecha del viaje, todavía no habían rodado las cabezas de Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, quien había hecho pública la invitación del gobierno cubano. Es evidente que el régimen se enteró de las intenciones del Relator. Para los órganos de la seguridad del estado leer un Email o pinchar un teléfono es algo de todos los días, están programados para eso, no hay que pedir permisos en un país sin derecho.
Aunque el Ministerio del Interior que en su desempeño funciona mas como un Misterio del Interior, está intentando crear una nueva imagen dentro de las prisiones, remodelando las susceptibles a posibles visitas. En caso de que ocurra alguna vez, según palabras del Relator no se seguiría un programa preestablecido por las autoridades cubanas lo que obliga a una remodelación general de todo el sistema penitenciario algo realmente imposible dadas las actuales circunstancias.
Lo cierto es que el problema no está solo en los tabiques, las rejas o en las manos de lechada para las paredes, lo embarazoso del asunto radica en el elevado índice de suicidios dentro de estos establecimientos (permitidme el eufemismo) en los centenares de reclusos que se auto agreden y a los que no podrán ya devolverles sus apéndices mutilados, ni maquillarles las heridas. Ese es el testigo inevitable, imposible de escamotear que puede hallarse a ambos lados de los muros.
Pero hay otras acepciones de tortura y victimas en todas las orillas, para cada uno de los conceptos que se definen en la convención, para constatarlo no es necesario que Manfred Nowak viaje a Cuba, algo que deseamos. En muchos lugares de Europa hay presencia de un exilio que ronda ya los tres millones de personas, en su mayoría con diferencias sustanciales con el totalitarismo cubano, personas que viven con la angustia de no poder expresarse aún fuera de su país porque sus opiniones pueden ser utilizadas en su contra a la hora de solicitar un permiso para visitar su patria. Esta es la génesis de todo el drama existencial del cubano: La falta de derechos.
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